¡Ay, morada mía! ¿Por qué me cierras
tus puertas y ventanas?
¿Acaso ya no reconoces a tu hijo amado?
¡Ya no recuerdas el día que nos conocimos!
Aquél día llenaste de luz mi mirada
y me dejaste llorar de alegría.
Me encontraba empapado de una espumosa tela,
cuyos hilos habían sido tejidos con amor.
¡Cómo olvidarme de aquél rostro femenino!
Revestido estaba de una sublime
sonrisa cubierta de sudor.
¿Recuerdas aquella briza con
la que acariciabas mi piel de seda?
¡Tus noches estrelladas que velaban mis sueños!
Ellas me vieron nacer y crecer,
tendido junto a mi almohada fiel,
en la cuna de los que me brindaban su querer.
¿Recuerdas nuestra infancia?
Éramos como dos gaviotas volando
libres e inocente
tras la luz del sol naciente.
Mientras mi mirada se iba perdiendo
angustiada hacia tu cielo azul,
tus nubes blancas con mis manos jugueteaban.
Ahora, morada mía ¿Qué hay de ti ahora?
Tu cielo está teñido de grises desechos,
tus aires dejan sombras en mi lecho y
la inocencia de tu hijo amado
se ha marchado hacia la tumba de los desesperados.
¡Ay, morada mía! Un castillo fuiste para mí,
ahora una ruina desnuda rellenada
con estruendos ruidos
y gritos que claman con frenesí.
¿Dónde está tu amor primero?
¡Las citas de aquellas noches de luna llena!
Ahora están en las puertas del olvido,
el vil placer sonríe y tiene a tus hijos rendidos
en la calle de los pre- homínidos.
¡Ay, morada mía! El día se va derritiendo
y lentamente la tarde se va consolidando,
con un suave silencio hacia un horizonte lejano.
¡Déjame entrar! ¡Abre tus puertas y ventanas!
Juntos esperaremos la noche,
quizás con muchas estrellas, quizás sin ellas.
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