Cuando me encuentro contigo
me pierdo en tus bravíos.
Retrocedo por la senda de tu vida acabada
y me encuentro con las cicatrices de tu alma,
con aquellas heridas cubiertas de corazas
con amores sin límite.
Empiezo a caminar sobre tus huellas
y encuentro flores espléndidas y relucientes,
plantadas en medio de fragosidades y espinas hirientes.
Me sumerjo en tu mirada y veo una fuga
hacia el soñado horizonte,
también puedo admirar los rostros bellos
y realidades impactantes que en ella se esconde.
Luego, lentamente me deslizo
por el túnel de tus venas,
llego a tus pulmones y me encuentro
invadido por tus suspiros de amores.
Tus aires solidarios me alzan
y me acercan a la mina de tus tesoros,
¡Oh, qué maravilla!
¿Quién es ese que está sentado en el centro?
¿Es el vigilante?
Una voz responde –Soy Yo, el Tesoro-
…
Aquél día, la voz desvanecida
caló mi interior,
me dejó paralizado en esta cueva del Tesoro,
desde donde te escribo yo.
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